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Fomentar la lectura


Eveline Charmeux, en su obra “Cómo fomentar los hábitos de lectura”, distingue dos clases de lectura: la lectura funcional y la lectura de placer. Mediante la primera, los lectores obtienen información, solventan situaciones. Es la lectura necesaria para resolver un problema, para conocer las reglas de un juego o un deporte, para saber cómo se monta una máquina. Mediante la segunda, se lee para divertirse, para pasar el rato, para explorar nuevos mundos. Es el tipo de lectura en la que el lector se deja llevar por las palabras, sin ningún tipo de propósito concreto que no sea el puro placer de sumergirse en un libro.

Entre los ocho y los doce años se generan muchos hábitos y aficiones; los niños están abriéndose al mundo, conociendo posibilidades y adquiriendo autonomía de movimientos. Es pues una edad adecuada para desarrollar un hábito lector que pueda consolidarse después en la adolescencia.

Los padres tenemos un papel a jugar en la creación y consolidación de este hábito. Pero hay que tener claro que las estrategias para conseguir un hábito lector presentan unas peculiaridades diferentes a las que solemos emplear para conseguir otros propósitos.

Es ineficaz plantearlo como una actividad de estudio, como plantearíamos, por ejemplo, la hora de los deberes.  La animación a la lectura difícilmente se consigue por imposición. Se obtiene a través de un tratamiento positivo, obrando indirectamente para que se cree un clima favorable a la lectura.

Hay quien dice que la afición de leer actúa por contagio: por contagio de unas actitudes, de un ambiente o de una oferta creada en su entorno para que se desarrolle este beneficioso "virus". Muchas veces las aficiones y los gustos están más ligados a la afectividad que a la efectividad. Más próximo a la persuasión que de la obligación.

Se trata de conseguir que el hábito nazca de los propios niños, de crear las condiciones favorables para que surja de ellos el deseo de leer, y de seguir leyendo.

He aquí unas cuantas líneas de actuación interesantes:

Para terminar, el consejo más importante: no hay que impacientarse si vemos que estas estrategias no funcionan a la primera.

Justamente porque actúan de manera indirecta, cuesta a veces que arraiguen desde el primer momento. A base de tantear, de descubrir sus aficiones y sus inquietudes se puede ir marcando la línea por la que desarrollar este hábito de manera efectiva, y, sobre todo, afectiva.

Ana Díaz-Plaja Taboada

Profesora de Ciencias de la Educación de la UB:

Frecuentemente, los padres somos impacientes y queremos resultados inmediatos. En muchas ocasiones, cuando el profesor de nuestro hijo nos dice que no alcanza los niveles mínimos de lectura y necesita leer en casa, imaginamos que nosotros eso lo arreglamos en un momento. Olvidamos que la lectura es lenguaje, comunicación, y que como tal necesita un proceso natural que es necesario respetar.

Si un niño tarda en hablar con cierta claridad entre 3 y 5 años, ¿Por qué hemos de pensar que el lenguaje escrito lo ha de aprender en 3 semanas? Si partimos de esta filosofía nos cansaremos muy pronto de hacer actividades positivas con el niño, y diremos que no vale la pena hacer nada porque no se obtienen resultados. Terminaremos con la expresión: "cada uno es como es y a mi hijo está visto que ni le gusta la lectura ni le gustará nunca. No vale la pena hacer nada".

Tirar la toalla así es la manera más segura de que el niño, además de no llegar a disfrutar leyendo, no tenga éxito escolar y lo pase mal en el colegio. 

Por último, no trates la lectura como una asignatura escolar. La lectura es lenguaje. El día que enseñemos a leer como enseñamos a hablar, aumentarán enormemente las ganas de leer de nuestros hijos e hijas. Cuando su hijo no sepa leer una palabra, no le exijas el esfuerzo de analizarla, dísela con naturalidad y que siga leyendo.

Mucho menos le reproches: "¿Cómo no sabes leer esa palabra tan fácil? Si ayer la sabías..." Estas frases son descorazonadoras, especialmente si se repiten con frecuencia, ya que piensa: "A mí esto no se me da bien. Yo no valgo para esto. ¡Qué suerte tiene tal niño que lee tan bien y sólo recibe elogios!" E inconscientemente, como haríamos todos, el niño elude leer y tú quieres lo contrario, ¿verdad?